Carlos Diario

Radiografía de un plan que no puede fracasar: El PEI 2026-2035 de la UNRC

El martes me pasaron el PDF del nuevo Plan Estratégico Institucional (PEI) 2026–2035 de la UNRC, recién aprobado por la resolución 0298/26. Como parte de esta comunidad, me senté a leer las 52 páginas con genuina curiosidad. Quería ver la brújula que nos va a guiar la próxima década.

Lo que encontré fue otra cosa.

Ojo, el documento tiene aciertos básicos. Hay un diagnóstico explícito y se nota que hubo un proceso participativo detrás. Pero a medida que avanzaba, la estrategia se iba diluyendo frente a un texto pensado más para contener demandas políticas que para gestionar la realidad.

Cualquiera que haya leído a teóricos como Carlos Matus sabe que planificar es elegir, y que elegir siempre duele porque implica dejar algo (o a alguien) afuera. Acá no se postergó nada. El PEI armó una pirámide inabarcable: 7 ejes, 23 líneas y 58 actividades. Metieron a todos en la foto. El costo de esa paz interna es una estructura inflada donde casi la mitad de las actividades se pisan entre sí. La “curricularización de la extensión”, por ejemplo, salta de un eje a otro bajo distintos responsables, y ya sabemos cómo terminan esas cosas: el presupuesto y el esfuerzo se evaporan en el aire.

Pero el momento verdaderamente surrealista llegó cuando quise ver cómo iban a medir el éxito de todo esto. El plan saca pecho anunciando que incorpora la metodología OKR (Objetivos y Resultados Clave). Bien. Busco las líneas de base. Nada. Busco los plazos o un número, un porcentaje. Cero.

Peor aún: fusionaron la acción con el resultado. En la práctica, si la universidad hace un curso, el objetivo está cumplido, sin importar si ese curso sirvió para algo o no. Y por si faltaba un paracaídas, leo que cada resultado «podrá ser monitoreado». Podrá. Todo el aparato de medición está en potencial. Y no vale decir que las metas van en los planes operativos anuales: la resolución original que encargó este plan (la RCS 0296/24) pedía explícitamente definir una cartera de programas y crear un sistema de indicadores. No están.

Ahí es donde me puse a rastrear la famosa “Matriz de Indicadores Estratégicos” que el propio texto invoca para evaluarse. Fui al índice. Busqué algún anexo. Hice Ctrl+F. No existe. Es un fantasma. El Consejo Superior acaba de aprobar un instrumento cuyo objeto real es incierto.

Para compensar tanta vaguedad, el texto tira sobre la mesa la carta de la legitimidad de origen: dice haber reunido a “más de 3.300 participantes”. Suena a multitud hasta que agarrás la calculadora. Sumaron 3.111 respuestas de encuestas con 202 personas que asistieron a los talleres presenciales. En un universo que ellos mismos fijan en más de 53.000 personas (graduados históricos incluidos), las encuestas cubren con suerte el 5,9%. Y la participación en los debates presenciales apenas rozó el 1% de nuestra comunidad interna, conformada por estudiantes y personal.

Un plan que no se puede incumplir no sirve para nada. Podemos redactar todas las actividades estratégicas que queramos para contener a los distintos claustros, pero sin números, plazos ni metas reales, no hay cómo reclamar dentro de diez años lo que hoy se acordó.