Cada tanto aparece un titular que dice algo así como “la mora se dispara” y genera la sensación de que el sistema financiero argentino está por desmoronarse. La realidad, cuando se mira con calma, es más incómoda y más interesante a la vez: gran parte de ese aumento no es una crisis, sino el precio de que millones de personas estén entrando, por primera vez, a un sistema de crédito que durante décadas casi no existió.

Un país que nunca tuvo crédito

Para entender por qué esto importa hay que partir de un dato poco intuitivo: la Argentina es, junto con Venezuela, uno de los países del mundo con menos crédito hipotecario en relación con su economía. Según cálculos del economista Federico González Rouco sobre un relevamiento de 90 mercados hipotecarios, el país quedó en el puesto 89, con préstamos para vivienda que apenas equivalen al 1% del PBI. Chile está en 27,9%, Brasil en 10%, y hasta Paraguay lo triplica.

El crédito al sector privado en general —no solo hipotecario— también es bajo: rondaba el 15% del PBI en 2026, muy por debajo del promedio de los países de ingresos medios (64%) y lejos incluso del promedio de las economías más pobres del mundo (22%), según un informe de Deloitte Econosignal citado por Infobae. La causa no es un misterio: décadas de inflación alta y errática hicieron que nadie —ni bancos ni familias— quisiera comprometerse a pagar o cobrar algo fijo dentro de 20 años.

Eso empezó a cambiar. Con la macroeconomía más estable, el crédito privado se expandió con fuerza: según estimaciones bancarias recogidas por El Cronista, pasó de representar apenas 5% del PBI a mediados de 2024 a casi 12% en junio de 2026, y el sector espera seguir creciendo. Es, en criollo, el momento en que un país que vivía sin tarjeta ni préstamo empieza a tenerlos.

El costo de aprender a prestar (y a deber)

Ese proceso no es gratis. Cuando un sistema financiero se expande rápido después de haber estado casi cerrado, dos cosas pasan al mismo tiempo: las entidades tienen que aprender a evaluar a quién prestarle, y la gente tiene que aprender a manejar una herramienta que nunca usó. Ninguna de las dos cosas se aprende sin errores.

Los datos de 2026 muestran ese aprendizaje con crudeza. Un informe de la consultora 1816 sobre estadísticas del Banco Central señaló que la irregularidad en el pago de créditos se multiplicó por más de cinco en menos de dos años, pasando de 2,5% en octubre de 2024 a 12,7% en mayo de 2026. Y ese aumento no golpea parejo: entre los jóvenes de 18 a 25 años la mora llegó a 42,8%, según el mismo relevamiento, mientras que en el tramo de 36 a 45 años se ubica en 31%.

Otro estudio, del Centro de Estudios de la Ciudad con apoyo de la Fundación Friedrich Ebert, encontró un patrón similar: la mora entre menores de 35 años supera el 25% y, según el tipo de prestamista, llega hasta 50%. Un dato ayuda a explicar por qué: una investigación de Provincia Microcréditos (Banco Provincia) encontró que 9 de cada 10 jóvenes de 18 a 21 años que hoy tienen problemas para pagar un crédito se habían endeudado antes de conseguir su primer empleo formal.

Ahí aparece el eslabón más frágil del sistema: no es que los jóvenes sean irresponsables, es que muchos llegan a una tarjeta o a un préstamo por plataforma digital antes de tener un ingreso estable que les permita sostenerlo. La disponibilidad inmediata de dinero en una app se confunde con capacidad de pago real, y esa confusión sale cara. Los mismos informes muestran que el fenómeno es más agudo en las billeteras virtuales y en los proveedores de crédito no bancarios —con moras que en algunos casos superan el 47%— que en la banca tradicional, donde el atraso es sensiblemente menor.

El fin de un viejo atajo: quel la inflación ya no paga tus deudas

Hay un tercer factor, menos visible pero clave, y tiene que ver con cómo la Argentina se relacionaba históricamente con la deuda. Durante los períodos de inflación muy alta, una deuda tomada a tasa fija se licuaba sola: en unos meses, lo que debías valía mucho menos en términos reales. Ese mecanismo funcionaba como un incentivo perverso a endeudarse sin demasiado cálculo, porque el tiempo —y la inflación— hacían el trabajo de “pagar” por vos.

Con la inflación en baja, esa lógica se rompió. Según el Informe de Bancos del BCRA citado por Infobae, la mora de las familias trepó durante 19 meses consecutivos hasta estabilizarse en 12,8% en junio de 2026, más que cuadruplicando el 3,7% de un año antes. El vicepresidente del Banco Central, Vladimir Werning, planteó en una presentación reciente que hay “dos procesos de aprendizaje simultáneos”: los bancos reaprendiendo a medir riesgo, y los hogares aprendiendo que, en un régimen de inflación baja, las deudas ya no se licúan solas y el historial crediticio vuelve a pesar.

En ese marco, refinanciar dejó de ser una excepción y se volvió una herramienta central: los bancos empezaron a ofrecer líneas de reestructuración a plazos largos para evitar que una deuda impaga hoy se mantenga impaga para siempre.

¿Entonces la mora es buena noticia?

No exactamente, y tampoco hay que caer en el optimismo fácil. Que buena parte del aumento de la mora responda a la expansión del acceso —y no a un colapso generalizado— no significa que no haya un problema real: hay jóvenes sobreendeudados antes de tener trabajo formal, hay proveedores de crédito no bancario con niveles de incumplimiento altísimos, y hay un vacío evidente de educación financiera que nadie está llenando a tiempo.

La discusión de fondo, entonces, no debería ser si hay que frenar el crédito —eso sería resignar la única vía real de movilidad social que ofrece el acceso a financiamiento para vivienda, estudio o consumo duradero— sino cómo se lo regula y se lo acompaña: más supervisión sobre los actores no bancarios que hoy concentran la mora más alta, y una agenda de educación financiera que llegue antes de que alguien tome su primer crédito, no después de que ya no pueda pagarlo.


Fuentes citadas