El 20 de agosto de 1672, La Haya se convirtió en el escenario de uno de los episodios más brutales y vergonzosos de la historia de los Países Bajos. Johan de Witt, el raadpensionaris (Gran Pensionario) de Holanda —el equivalente de facto al primer ministro de la República de las Provincias Unidas—, y su hermano Cornelis fueron arrastrados por una turba enfurecida, asesinados, mutilados y, según múltiples relatos contemporáneos, parcialmente devorados.
No fue un acto de hambre extrema ni un sacrificio ritual. Fue furia política pura, alimentada por el miedo, la propaganda y la crisis existencial de un país al borde del colapso.
El contexto: el “Año del Desastre”
1672 pasó a la historia neerlandesa como el Rampjaar (el Año del Desastre). La Francia de Luis XIV, aliada con Inglaterra y los obispados de Münster y Colonia, invadió la República desde casi todos los frentes. El poderoso ejército francés avanzaba sin resistencia aparente y el pueblo, aterrorizado, buscaba un culpable.
Johan de Witt había gobernado con notable habilidad durante casi dos décadas, transformando a la República en una potencia comercial y naval de primer orden. Sin embargo, era un republicano convencido, opuesto a la Casa de Orange. Prefería el poder de las oligarquías mercantiles al de un stadhouder (gobernador) de la dinastía Orange-Nassau. Cuando la invasión francesa puso de rodillas al país, muchos lo acusaron de debilidad, traición e incompetencia.
Su hermano Cornelis, un destacado oficial naval y político, fue detenido bajo cargos fabricados de conspirar contra el joven Guillermo III de Orange. Pese a ser torturado, se negó a confesar. El 20 de agosto de 1672, el tribunal lo condenó al destierro perpetuo. Ese mismo día, Johan acudió a la Gevangenpoort (la Puerta de la Prisión) de La Haya para acompañarlo en su salida.
La matanza
Una muchedumbre, probablemente azuzada por orangistas y protegida por la pasividad —o complicidad— de parte de la milicia, rodeaba el edificio. Los guardias desaparecieron en el momento clave. La turba irrumpió, sacó a los hermanos a la fuerza y los asesinó a tiros, puñaladas y golpes en plena calle.
Los cuerpos fueron desnudados, arrastrados hasta una horca improvisada y colgados boca abajo. Después vino la mutilación sistemática: dedos, orejas, narices, genitales y órganos internos fueron cortados y vendidos como macabros recuerdos (un dedo por 15-20 peniques, una oreja por 25-30). Algunos testimonios afirman que se comieron trozos del hígado, intestinos e incluso un ojo. No fue un banquete: fue un acto de odio extremo, humillación pública y exorcismo colectivo de la frustración.
Un testigo de la época, el poeta Joachim Oudaen, describió cómo partes de los intestinos fueron comidas o arrojadas a los perros. Otras fuentes señalan que el corazón de Johan fue arrancado y exhibido como trofeo. Dos fragmentos —una lengua y un dedo— se conservan aún hoy en el Museo Histórico de La Haya.
¿Quién ordenó el crimen?
Guillermo III de Orange, que asumió el poder poco después, nunca castigó a los responsables. Muchos historiadores sospechan que, como mínimo, miró hacia otro lado. La propaganda orangista había preparado el terreno durante meses con panfletos que presentaban a los De Witt como traidores, corruptos y enemigos del pueblo. El linchamiento fue el punto culminante de una campaña de desinformación que terminó en canibalismo político.
Johan de Witt no era un santo, pero tampoco el monstruo que pintaron. Historiadores posteriores lo consideran uno de los estadistas más competentes de su tiempo. Su muerte se recuerda en los Países Bajos como una mancha indeleble, un recordatorio de hasta dónde puede llegar la histeria colectiva cuando el miedo se combina con odio y mentiras.
Reflexión histórica
En una época de polarización extrema, redes sociales y narrativas simplistas, la historia de los hermanos De Witt sigue siendo un aviso. La democracia y el Estado de derecho no son invulnerables. Cuando una sociedad decide que ciertos políticos ya no merecen derechos humanos básicos, el paso del insulto a la violencia física —y más allá— puede ser sorprendentemente corto.
Johan de Witt no enloqueció. Enloqueció el pueblo. Y el precio lo pagaron dos cuerpos colgados boca abajo en una plaza de La Haya.