En 1847, un médico consiguió reducir drásticamente la mortalidad de una maternidad con una medida extraordinariamente sencilla: obligar a los médicos a lavarse las manos antes de atender a las pacientes.

Los resultados fueron espectaculares.

Sin embargo, muchos de sus contemporáneos rechazaron sus conclusiones.

Su nombre era Ignaz Semmelweis, y su historia se convirtió en uno de los ejemplos más famosos de resistencia de la comunidad científica frente a una evidencia que contradice sus propias creencias.

Dos salas y una diferencia inexplicable

Viena, mediados del siglo XIX.

Semmelweis trabajaba en la Primera Clínica Obstétrica del Hospital General de Viena, uno de los grandes centros médicos de Europa.

Allí había un problema aterrador: la fiebre puerperal.

Mujeres que habían llegado al hospital para dar a luz desarrollaban, poco después del parto, fiebre, inflamación y finalmente una infección generalizada que podía provocarles la muerte.

Pero Semmelweis observó algo extraño.

La mortalidad no era igual en todas las salas.

En la Primera Clínica, donde participaban médicos y estudiantes de medicina, la mortalidad por fiebre puerperal era extraordinariamente elevada. En la Segunda Clínica, atendida principalmente por parteras y alumnas de obstetricia, era considerablemente menor.

Las mujeres de Viena lo sabían.

Algunas llegaban a suplicar que no las ingresaran en la sala de los médicos.

Semmelweis necesitaba descubrir qué estaba ocurriendo.

Los médicos venían directamente de las autopsias

La pista decisiva apareció en 1847.

Un colega y amigo de Semmelweis, el profesor Jakob Kolletschka, murió después de cortarse accidentalmente durante una autopsia. Cuando Semmelweis estudió las circunstancias y los síntomas de su muerte, encontró similitudes con los que presentaban las mujeres que morían de fiebre puerperal.

Entonces comprendió algo.

Los médicos y estudiantes realizaban autopsias y después examinaban a las mujeres durante el parto.

Y lo hacían en una época anterior a la teoría microbiana moderna.

No entendían todavía las bacterias como hoy las entendemos y el lavado de manos no formaba parte de los protocolos médicos actuales.

Semmelweis llegó a la conclusión de que los médicos transportaban en sus manos lo que denominó “partículas cadavéricas” desde los cadáveres hasta las pacientes.

Sin saber todavía exactamente qué microorganismos estaban involucrados, había identificado el mecanismo fundamental de transmisión.

El médico podía convertirse involuntariamente en el vehículo de la enfermedad.

Una orden que cambió los resultados

Semmelweis introdujo entonces una medida radical para los estándares de su época.

Los médicos y estudiantes debían limpiarse las manos con una solución clorada antes de examinar a las pacientes.

El resultado fue extraordinario.

La mortalidad materna de la Primera Clínica cayó hasta niveles cercanos al 1%.

No era una pequeña mejora estadística.

Era un cambio enorme.

Una intervención extremadamente barata estaba evitando muertes.

Semmelweis tenía delante de sus ojos algo muy parecido a un experimento natural: antes del lavado de manos, una mortalidad aterradora; después de introducirlo, una reducción espectacular.

Uno podría imaginar que el descubrimiento fue celebrado inmediatamente.

No ocurrió así.

El descubrimiento implicaba algo insoportable

Aceptar la explicación de Semmelweis tenía una consecuencia psicológica devastadora.

Los médicos debían admitir que ellos mismos podían haber provocado la muerte de algunas de sus pacientes.

No intencionalmente.

No por negligencia consciente.

Pero sí mediante sus propias manos.

Durante generaciones, los médicos habían sido educados para considerarse quienes combatían la enfermedad. Semmelweis estaba sugiriendo que, bajo determinadas circunstancias, podían convertirse en quienes la transmitían.

La resistencia a sus ideas tuvo múltiples causas científicas, profesionales y personales. Semmelweis tampoco siempre comunicó sus descubrimientos de la manera más eficaz y la medicina de mediados del siglo XIX todavía carecía del marco microbiológico que posteriormente proporcionarían investigadores como Louis Pasteur y Joseph Lister.

Pero su historia contiene una lección que trasciende la medicina.

Porque existe una diferencia enorme entre recibir información nueva y estar psicológicamente preparado para aceptarla.

Lo que décadas después llamaríamos disonancia cognitiva

En 1957, casi un siglo después de los experimentos de Semmelweis, el psicólogo estadounidense Leon Festinger desarrolló formalmente la teoría de la disonancia cognitiva.

La idea, simplificada, es poderosa.

Las personas experimentamos una tensión psicológica cuando mantenemos simultáneamente ideas incompatibles.

Por ejemplo:

“Soy un médico competente que salva vidas.”

y

“Mis propias prácticas pueden estar causando la muerte de mis pacientes.”

Ambas ideas resultan difíciles de sostener simultáneamente.

Una posibilidad consiste en aceptar la evidencia y modificar nuestras creencias o nuestro comportamiento.

Pero existe otra salida mucho más cómoda:

rechazar la información que produce el conflicto.

El problema deja entonces de ser nuestra creencia.

El problema pasa a ser quien trae la evidencia.

Cuando atacamos al mensajero

Este mecanismo aparece constantemente fuera de la medicina.

Un empresario puede ignorar datos que muestran que su estrategia está fracasando porque reconocerlos significaría admitir que tomó malas decisiones.

Un inversor puede buscar únicamente argumentos favorables a una acción que ya compró.

Un investigador puede resistirse a resultados que contradicen una teoría sobre la que construyó su carrera.

Un dirigente puede desestimar estadísticas incompatibles con su visión política.

Y cualquiera de nosotros puede interpretar como un ataque personal una información que simplemente cuestiona algo que creemos.

Cuanto más vinculada esté una creencia con nuestra identidad, nuestra reputación o nuestra posición social, más costoso puede resultar abandonarla.

Por eso, frente a determinada evidencia, la pregunta que inconscientemente hacemos no siempre es:

“¿Esto es cierto?”

A veces preguntamos:

“¿Qué significaría para mí que esto fuera cierto?”

Y son preguntas completamente diferentes.

Semmelweis tampoco era un héroe perfecto

La historia suele presentarse de manera demasiado sencilla: Semmelweis descubrió la verdad, mostró números indiscutibles y una comunidad médica irracional decidió perseguirlo.

La realidad histórica fue más compleja.

Semmelweis tardó en publicar una exposición completa de sus resultados, tuvo fuertes enfrentamientos profesionales y con los años adoptó un tono cada vez más agresivo contra quienes rechazaban sus conclusiones.

Además, su explicación de las “partículas cadavéricas” apareció antes de que la teoría microbiana proporcionara un mecanismo científico ampliamente aceptado para comprender por qué el lavado de manos funcionaba.

Por eso conviene no convertir su historia en una caricatura de “genio contra ignorantes”.

Pero ninguna de esas precisiones elimina el hecho esencial:

la higiene de manos reducía extraordinariamente las muertes y la medicina tardó demasiado tiempo en incorporar plenamente esa evidencia.

El final de Semmelweis

La vida de Semmelweis terminó trágicamente.

Su salud física y mental se deterioró durante sus últimos años. En 1865 fue internado en una institución psiquiátrica en Viena.

Allí murió pocas semanas después, con apenas 47 años.

Las circunstancias exactas de su muerte han sido objeto de discusión histórica. Existen evidencias de que sufrió lesiones durante su internación y su causa de muerte estuvo asociada a una infección o septicemia.

La ironía resulta difícil de ignorar.

El hombre que había dedicado buena parte de su vida profesional a combatir infecciones murió finalmente a consecuencia de una.

El verdadero legado de Semmelweis

Hoy resulta fácil mirar hacia 1847 y preguntarnos cómo profesionales inteligentes pudieron resistirse a algo aparentemente tan evidente como lavarse las manos.

Pero esa probablemente sea la interpretación menos interesante de la historia.

Porque nosotros conocemos algo que ellos todavía no conocían.

Conocemos las bacterias.

Conocemos los mecanismos de transmisión.

Conocemos la antisepsia.

Y conocemos el desenlace de la historia.

La pregunta verdaderamente incómoda es otra:

¿qué evidencia estamos rechazando nosotros hoy porque aceptarla nos obligaría a cambiar la imagen que tenemos de nosotros mismos?

Quizás ese sea el auténtico legado de Ignaz Semmelweis.

La ciencia no exige solamente inteligencia para descubrir hechos.

También exige una capacidad mucho más difícil de desarrollar:

aceptar que podemos estar equivocados.

Y cuanto más importante sea una creencia para nuestra identidad, más difícil será hacerlo.

Semmelweis mostró que lavarse las manos podía salvar vidas mucho antes de que la medicina comprendiera completamente por qué.

Su historia nos recuerda que los datos pueden estar delante de nuestros ojos y, aun así, podemos encontrar razones para no verlos.

Porque algunas veces el mayor obstáculo para aceptar una verdad no es la falta de evidencia.

Es el precio psicológico de admitir lo que esa evidencia significa.